No hay nada como el espíritu de supervivencia

La primera (y única) vez que viajé a Londres tenía 20 años y no dije ni una palabra en inglés hasta el penúltimo día, cuando me robaron el bolso y me quedé sin dinero y sin documentación para regresar a España. Tras un ataque de histeria previo, de repente, me convertí en bilingüe y ni la policía ni los numerosos cacheos en el aeropuerto de Heathrow consiguieron que me callara. Lo llaman espíritu de supervivencia.

En el colegio, pensaba que el inglés era como el latín o el griego: un idioma muerto

Llevo estudiando inglés desde 3º de Primaria, cuando el Gobierno decidió que era obligatorio que los niños estudiaran un idioma desde los 8 años. Pero se olvidaron de un par de cuestiones, en mi opinión: formar a los profesores y aplicar un buen método de aprendizaje.

Después de 10 años estudiando inglés en el colegio, dos de ellos con un profesor particular, y otros seis por mi cuenta en academias y centros de estudios, debería ser bilingüe. No quiero pensar que soy torpe, estoy segura de que mi situación no es única. Se trata de un problema de base. Creo que, en la escuela, se estudia inglés igual que Lengua y Literatura: memorizando. La gramática es lo más importante. No se ven películas, no se escuchan canciones, no se entablan conversaciones.

Cuando el inglés se transforma en una espada de Damocles

Cuando acabas la escuela y eres consciente de la importancia de tener un segundo idioma, la presión te supera y haces tuyo ese generalizado complejo de inferioridad y la vergüenza a equivocarte. Hoy, todo gira en torno al inglés. Es un filtro constante en la vida, especialmente en el campo académico y profesional. En la sociedad existe la falsa convicción de que si hablas inglés tienes el futuro solucionado. Es como si la espada de Damocles estuviera encima de tu cabeza sujeta sólo de un hilo. “-¿Y el inglés, cómo lo llevas? – Bueno, ahí vamos”. Pum, la espada cae y te quedas sin trabajo, sin un máster, sin unas prácticas, sin una beca….

La necesidad es al inglés lo que el hambre es al torero

Pero en realidad sí hablas inglés. Sabemos más de lo que creemos. Estudiando inglés desde Primaria, algo tenemos que haber aprendido por fuerza. Todo está guardado en algún rincón de la cabeza, quizás en el subconsciente, pero ahí está, esperando a ser activado. Cuando te roban el bolso en un país extranjero y para regresar necesitas poner una denuncia en una comisaria donde no hay traductores, citar una a una las cosas que llevabas dentro del bolso, recorrerte Londres en busca del consulado de España para que te den un salvoconducto y pasar tres controles policiales en el aeropuerto sin documentación, no hablas, cacareas todo el vocabulario y toda la gramática que has aprendido a lo largo de tu vida.

Solo tú debes decidir cuándo y de qué modo activar tu inglés

Pese a aquella experiencia, tardé casi diez años más en darme cuenta de que la presión nos la imponen y que eres tú el que debes darle a cada cosa su debida importancia, ni más ni menos. La obligación de sacar títulos y certificados oficiales hizo que me frustrara tanto durante la universidad que creí haber tocado techo, que mi capacidad para aprender inglés había llegado a su límite.

El curso pasado, empujada por mi pareja y con 30 años ya, decidí volver a matricularme en la misma academia donde años antes había suspendido y me había frustrado tanto. A diferencia de mis compañeros, no iba con la intención de conseguir el B1. Mi objetivo era practicar. Si me agobiaba, lo dejaría. Esa fue la clave: relajarme.

El PET o cualquier otro examen debe plantearse como una “medición”, nunca un objetivo

Durante el curso he sido consciente de lo mucho que he avanzado. He aprendido cosas nuevas pero, sobre todo, he recordado y recuperado lo que tenía oculto en mi cabeza. Conseguí aprobar y con buena nota y he decidido seguir un curso más y, si todo va bien, presentarme al PET. Pero sin presiones, con tranquilidad. Si me siento a gusto lo haré, si no, nada me obliga a hacerlo, la presión me la impongo yo, porque sé con certeza que en momentos de necesidad uno es capaz de recitar a Shakespeare si hace falta.

Cristina Díaz Aguillar

Cristina Díaz Aguillar

Periodista

Periodista natural de Cádiz y afincada en Sevilla. Licenciada en Periodismo por la Universidad de Sevilla y experta en comunicación y marketing on line (Postgrado en Social Media y Community Manager por la UNED). He desarrollado la mayor parte de mi carrera profesional en el Grupo Joly, primero en Diario de Cádiz y en la revista dominical de Grupo Joly (RDA), y en los últimos ocho años en Diario de Sevilla. Desde hace tres años trabajo en la sección de Local de este periódico en temas de corte social y educación.

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